Chile: Viviendo la Plaza de Armas
Cada mañana que me dirijo a la oficina de viventura en Santiago de Chile, me bajo en la estación del metro ubicada en el centro de la ciudad y debo cruzar la Plaza de Armas. Estamos trabajando a sólo una calle de ahí y muchas veces cuando he pasado por la plaza, he tenido muchas ganas de quedarme sentada un rato para observar la gente y todo el movimiento que se produce en este lugar. Hoy he decidido hacerlo. Me tomé medio día para estar en la plaza, para mirarla, para hablar con la gente, para vivirla.
Me dirijo a la estación del metro, e inmediatamente me encuentro envuelta por la bulla, que es muy típica en este lugar. Camino hasta el otro lado y me siento en un pequeño espacio libre de una banca. Desde ahí puedo ver la plaza entera y puedo anotar todo lo que percibo. ¡Qué bonito lugar es éste!. Rodeado de edificios coloniales, como la Catedral de Santiago, el Correo Central, la Municipalidad y el Museo Histórico Nacional, siempre con aspecto estival, resultado del gran número de palmeras que se levantan del pavimento. En su punto central hay un pozo y por el suelo siempre hay una manada de palomas en busca de comida, espantadas de vez en cuando por los niños. Mucha gente cruza la plaza, la mayoría con el paso un poco apresurado, pero también hay turistas vagando por ahí, sacando fotos del lugar. Al frente, en el pequeño pavillón, están armando las mesas de ajedrez, dónde en la tarde, siempre se puede observar a señores mayores jugándose una partida.
Y delante de unos jóvenes que practican juegos malabares, en las bancas que rodean la plaza, hay muchas personas sentadas o tiradas simplemente descansado y tomando aire fresco. A mi lado una pareja joven está abrazada, susurrándose cariñitos al oído. Ya me imaginé que no iba a tardar mucho hasta que alguien me hablara y así fué.
Un hombre pequeño, un poco sucio se acerca cojeando y quiero sacar una moneda para dársela, cuando se sienta a mi lado y me empieza a hablar de mis ojos bonitos. En otras ocasiones tal vez me hubiera escapado en ese momento, pero ahora estoy abierta a todo, así que me quedo ahí sentada y empiezo a conversar con él. Se llama Sergio y me cuenta que le gusta mucho hacer reír a la gente. Mientras estoy conversando y riendo con él, me doy cuenta de que la gente nos empieza a mirar con asombro y divertimiento. No es muy común parece ser, que una extranjera esté hablando mucho rato con un hombre de la calle y menos tan amistosamente. La pareja al lado empieza a sonreír y algunos jóvenes vienen para sacarnos fotos con sus celulares y al final llega un señor que me felicita por ser una persona tan amable y quedarme conversando con Sergio, que estaba muy feliz al parecer. Ahora me preguntan de donde soy, cuanto tiempo llevo en Chile y que es lo que hago aquí. Mientras tanto Sergio está guardando sus cosas para dormir debajo de la banca. “Soy muy ordenadito” me dice con una sonrisa. Después nos muestra sus conocimientos en pasos de Tango y Cumbia y nos pregunta si nunca lo habíamos visto bailando en la televisión.
Llevamos un buen rato ya y me invita a jugar una partida de dama. Acepto y nos vamos al pavillón, donde nos dan las fichas. Parece que Sergio lo ha jugado más veces que yo, porque me gana después del poco tiempo de juego. De la gente que nos rodea en la mesa, un señor ahora me desafía una partida de ajedrez. Empezamos a jugar y estoy agradecida de haber aprendido este juego con mi hermano, hace muchos años atrás, por que al menos fueron pocas las veces que le pude ganar. Tampoco ahora puedo cantar victoria, pero no importa, porque lo que más vale es que la estamos pasando muy bien. El señor me agradece el juego y ahora me despido para ir a dar una vuelta por la plaza.
Paso por donde están algunas personas que están ofreciendo sus dibujos y caricaturas y continúo hasta encontrarme frente a la Catedral, donde un grupo de personas se han juntado alrededor de dos hombres, que están animando con un show de chistes. En este punto siempre hay algún espectáculo y mucha gente se queda mirando y escuchando. Sigo mi camino y veo los caballos de peluche dónde los niños pueden subirse para que les saquen la foto del recuerdo. Me siento en un lugar cercano para ver que más puede pasar ahí y de repente, aparece un señor y empieza a predicar en voz alta. Veo que mucha gente lo escucha atentamente mientras que cita la biblia y algunas personas incluso, se quedan después a rezar con él. Yo no tengo ganas de rezar, entonces miro para abajo y de repente se me viene una nueva idea. Hace tiempo que quería limpiar mis zapatos, entonces por qué no aprovechar el servicio que ofrecen algunos hombres en la plaza.
Así es como conozco a Manuel, quien me pasa una revista para leer mientras él pule mis zapatos. Empezamos a conversar y me cuenta que le gustaría viajar mucho si tuviera un poco más dinero. Al menos conoce algunas partes de Chile y Argentina dónde tiene familia. Además me dice que le encanta la primavera, porque la gente se pone más alegre y disfruta más de la vida. ¡Cómo lo entiendo! Cuando nos despedimos no se han quitado las manchas negras de mis zapatos, pero he hecho un nuevo amigo. Ya casi he rodeado toda la plaza. Me siento, miro, escucho y absorbo todo el ambiente. Paso por el monumento a Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile y regreso al lugar donde he dejado a Don Sergio.
Se alegra de verme y me muestra unos nuevos lentes que le regalaron. Seguimos conversando un rato más y damos unas vueltas por la plaza, dejamos que la gente nos mire extrañados y al final nos despedimos como amigos. Le tengo que prometer que lo voy a saludar cuando pase otra vez por la plaza y con eso termina este día y esta experiencia que de verdad ha sido muy agradable e interesante para mí. He conocido una parte nueva de Chile, una parte auténtica, no con ojos de turista sino con todos los sentidos abiertos a lo que me rodea. He vivido la plaza.
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